El Poder Digital y la Nueva Tentación Orwelliana
Autor: Carlos Cantero.1
Un análisis sobre cómo la estupidez humana se manifiesta en dimensiones morales, sociales y tecnológicas en el mundo contemporáneo.
«El nuevo peligro orwelliano no es un tirano visible, sino una sociedad que entrega su libertad interior sin darse cuenta.«
Cuando Meta anunció en enero de 2025 que pondría fin a la verificación de datos por terceros en Estados Unidos y avanzaría hacia un modelo de notas de la comunidad, las autoridades brasileñas solicitaron aclaraciones sobre si la política afectaría a su país. El episodio ofreció un oportuno recordatorio de algo que George Orwell no podría haber previsto: algunas de las decisiones más trascendentales sobre lo que millones de personas ven y creen ya no son tomadas por gobiernos, sino por corporaciones cuya rendición de cuentas ante las sociedades democráticas es limitada.
La novela 1984 de Orwell describía un orden político brutal en el que el Estado controlaba el comportamiento público, la memoria y el pensamiento. Releerlo hoy provoca una pregunta incómoda: ¿qué sucede cuando el control ya no llega a través de una dictadura visible, sino mediante tecnologías que las personas utilizan voluntariamente todos los días?
La pregunta es especialmente relevante para América Latina. En la región, las instituciones democráticas suelen coexistir con la desconfianza y una débil educación cívica. El poder digital puede profundizar vulnerabilidades históricas y crear nuevas formas de dependencia difíciles de percibir porque llegan envueltas en el lenguaje de la libertad y la conveniencia.
Un Gran Hermano más cómodo
En la novela de Orwell, el poder pertenecía al Estado. El Gran Hermano vigilaba desde arriba. El miedo era el principal instrumento de control.
Hoy, el panorama es diferente. En muchas sociedades, el poder se ha desplazado parcialmente desde la política tradicional hacia las grandes plataformas tecnológicas. Estas fuerzas no suelen imponerse mediante violencia policial. Influyen en lo que las personas ven y temen, operando a través de sistemas de datos que atraviesan la sociedad a una velocidad extraordinaria.
El resultado es un Gran Hermano que no exige obediencia. Invita a la participación. Los ciudadanos comparten sus preferencias y vidas privadas mediante dispositivos que llevan en sus bolsillos. Las redes sociales ofrecen expresión, pero también miden comportamientos y convierten la atención en un recurso económico.
América Latina está particularmente expuesta a esta dinámica. Millones de personas reciben gran parte de su información política a través de redes sociales. En países donde la confianza en los partidos y tribunales es frágil, las plataformas digitales se han convertido en un escenario central de la vida pública. Los rumores viajan más rápido que el análisis cuidadoso. La indignación se expande con mayor facilidad que la reflexión.
La verdad bajo presión
Orwell comprendió que controlar el lenguaje significa controlar la realidad. Su Ministerio de la Verdad no buscaba la verdad: fabricaba una versión oficial de los hechos.
Algo similar ocurre cuando el lenguaje político pierde su conexión con la realidad. Un gobierno puede describirse como democrático mientras debilita silenciosamente las instituciones que hacen posible la democracia. La censura puede llamarse protección. La manipulación puede presentarse como comunicación.
En el mundo digital, el problema se vuelve aún más agudo. La información falsa puede producirse rápidamente y repetirse hasta parecer familiar. La inteligencia artificial acelera el desafío: imágenes, voces y textos pueden fabricarse hoy con un realismo que facilita el engaño y dificulta la verificación.
Las elecciones municipales de Brasil en octubre de 2024 ilustran la magnitud del problema. A pesar de la prohibición judicial del contenido generado por inteligencia artificial sin identificación, investigadores detectaron 78 casos confirmados o sospechosos de deepfakes circulando en Facebook, Instagram, WhatsApp y otras plataformas. Uno de los videos mostraba falsamente a un candidato a alcalde indicando a los votantes cómo invalidar sus papeletas. La regulación existía sobre el papel; la fiscalización no logró seguir el ritmo.
La moderación de las plataformas tampoco ha compensado esta brecha. Un estudio de 2025 reveló que las intervenciones de búsqueda de Meta se activaron para el 49 % de los términos en inglés que debían infringir las normas comunitarias, frente a solo el 21 % de términos comparables en español. En una región que ya enfrenta bajos niveles de confianza institucional, estas diferencias no son meramente técnicas: tienen consecuencias democráticas.
Cuando las personas ya no pueden determinar qué es verdadero, se vuelven vulnerables ante quienes ofrecen respuestas simples. La pérdida de la verdad no produce libertad. Produce confusión, y las sociedades confundidas son más fáciles de dividir o manipular.
Desigualdad y control invisible
En estas condiciones, la sociedad digital crea una contradicción dolorosa. Una persona puede tener un teléfono inteligente y acceso a redes sociales, pero aun así carecer de la educación o la posición económica necesarias para participar significativamente en la vida cívica. La apariencia de libertad puede coexistir con una profunda dependencia.
Si los sistemas digitales son controlados por un pequeño número de actores poderosos, y si los ciudadanos carecen de herramientas para comprenderlos, la democracia se debilita. Las elecciones pueden continuar, pero la opinión pública puede ser moldeada por fuerzas que responden a accionistas antes que a votantes.
El desafío no consiste en rechazar la tecnología. Las herramientas digitales pueden expandir la educación y exponer la corrupción. Pueden conectar a ciudadanos que antes no tenían voz pública. La pregunta es si la tecnología sirve a la persona humana, o si la persona se convierte en una fuente de datos y manipulación política.
Recuperar el centro humano
El nuevo peligro orwelliano no es un único gobierno mundial ni un tirano visible. Es la normalización gradual de una sociedad en la que los ciudadanos entregan su libertad interior sin darse cuenta. América Latina necesita una conversación seria sobre alfabetización digital, fortalecimiento institucional y el propósito humano de la tecnología. Los ciudadanos deben aprender no solo cómo utilizar estas herramientas, sino también cómo estas herramientas los utilizan a ellos.
El futuro de la democracia dependerá no solo de leyes y elecciones. Dependerá de si los ciudadanos son capaces de preservar el juicio independiente en un mundo diseñado para capturar su atención. Orwell nos advirtió sobre una sociedad en la que el poder buscaba dominar el espíritu humano. Nuestro peligro es más sutil y, precisamente por ello, más difícil de resistir.
- Carlos Cantero es académico chileno de la Universidad Internacional de La Rioja, en España, y autor de Sociedad Digital: Razón y Emoción. Conferencista internacional, asesor y consultor, centra su trabajo en la adaptabilidad en la sociedad digital, la ética, la innovación social y el desarrollo humano. Las opiniones expresadas en este comentario pertenecen exclusivamente al autor. Su comunicación dirigirla a: ciudadanocantero@gmail.com ↩︎
