Bolívar: luces y sombras de un Libertador
Por: Maximiliano Mauri.1
Maximiliano Mauri examina la gran paradoja política de Simón Bolívar: cómo uno de los principales artífices de la independencia hispanoamericana terminó defendiendo una concentración extraordinaria del poder para preservar las repúblicas que había contribuido a liberar.
¿Cómo construir una autoridad suficientemente fuerte para sostener el Estado sin permitir que esa misma autoridad termine debilitando las libertades y las instituciones que afirma defender?
Pocas figuras de la historia latinoamericana resisten tanto las simplificaciones como Simón Bolívar. Fue uno de los grandes artífices de la independencia hispanoamericana, defendió la forma republicana de gobierno, promovió la integración continental y comprometió buena parte de su fortuna personal con la causa emancipadora. Al mismo tiempo, durante los últimos años de su carrera política, concentró poderes extraordinarios, defendió un modelo constitucional fuertemente centralizado y terminó gobernando la Gran Colombia bajo un régimen dictatorial.
Reducirlo a cualquiera de esos extremos, el libertador sin sombras o el caudillo autoritario sin grandeza, impide comprender la verdadera dimensión de su trayectoria.
La cuestión más interesante no consiste en decidir si Bolívar fue un héroe o un villano. Consiste en comprender cómo el hombre que dedicó su vida a liberar repúblicas llegó a desconfiar de la capacidad de esas mismas repúblicas para sobrevivir bajo instituciones liberales ordinarias.
El Libertador frente al problema del orden
La independencia dejó a la América española ante un desafío diferente del que había enfrentado durante la guerra: derrotado el poder colonial, había que construir Estados capaces de sobrevivir.
Bolívar comprendió muy pronto la magnitud del problema. Las nuevas repúblicas heredaban enormes distancias, comunicaciones precarias, economías dañadas por la guerra, sociedades profundamente estratificadas, rivalidades regionales y ejércitos cuya influencia política había aumentado durante los años de lucha.
Su proyecto de la República de Colombia, la llamada posteriormente Gran Colombia, intentó responder a ese problema mediante una unidad política que comprendía los territorios de las actuales Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá. Su ambición integradora fue todavía más lejos con la convocatoria del Congreso de Panamá de 1826, concebido como un mecanismo de cooperación entre las nuevas repúblicas americanas.
El Congreso produjo acuerdos relevantes, entre ellos un Tratado de Unión, Liga y Confederación Perpetua, pero el proyecto de integración continental no logró consolidarse.
Al mismo tiempo, la propia Gran Colombia comenzaba a mostrar profundas fracturas.
En Venezuela, el movimiento conocido como La Cosiata, encabezado por José Antonio Páez en 1826, desafió la autoridad del gobierno central de Bogotá. Bolívar regresó desde el Perú y logró temporalmente contener la ruptura, pero el episodio confirmó uno de sus mayores temores: que los regionalismos y las rivalidades entre las nuevas élites terminaran destruyendo las repúblicas que la independencia acababa de crear.
Ese temor ayuda a comprender su evolución política posterior.
La paradoja de la Constitución boliviana
Uno de los documentos más reveladores del pensamiento político maduro de Bolívar es el proyecto constitucional preparado para Bolivia en 1826.
El texto contenía instituciones republicanas y mecanismos de representación, pero al mismo tiempo diseñaba un Ejecutivo extraordinariamente fuerte. Establecía un presidente vitalicio acompañado por un vicepresidente que formaba parte del mecanismo de sucesión. El Poder Legislativo se dividía en tres cámaras: Tribunos, Senadores y Censores; estos últimos ejercían sus cargos de manera vitalicia.
Para Bolívar, esa estructura no constituía una renuncia a la república. Por el contrario, la concebía como un mecanismo destinado a protegerla.
Ahí reside una de sus grandes paradojas.
Bolívar veía el peligro de los caudillos, las guerras civiles y la fragmentación regional y concluía que las nuevas naciones necesitaban un poder central suficientemente fuerte para impedir su desintegración. Sus críticos, en cambio, observaban en esa misma solución el germen de un sistema cuasi monárquico.
Ambas lecturas permiten comprender el conflicto.
Bolívar no proponía restaurar una monarquía europea ni aceptó convertirse formalmente en rey. Pero su republicanismo se fue alejando cada vez más de la idea de un Ejecutivo limitado y sometido a una alternancia frecuente. Su prioridad pasó a ser la estabilidad, aun cuando para obtenerla hubiera que concentrar poder.
El problema era evidente: ¿cómo preservar una república mediante instituciones que reducían los controles sobre quien la gobernaba?
Bolívar y Santander: orden frente a constitucionalismo
La creciente divergencia entre Bolívar y Francisco de Paula Santander personificó esa tensión.
Santander defendía un republicanismo más civilista y legalista. Bolívar, después de años de guerras, rebeliones y conflictos territoriales, comenzó a considerar insuficiente ese modelo para garantizar la supervivencia de Colombia.
La diferencia no era simplemente personal.
Detrás de ella había dos concepciones sobre el problema central de las nuevas repúblicas. Para Santander y sus seguidores, el fortalecimiento del orden constitucional era el camino para consolidar la independencia. Para Bolívar, sin un poder ejecutivo suficientemente fuerte no existiría siquiera un Estado capaz de hacer cumplir esa Constitución.
El enfrentamiento llegó a su punto crítico en la Convención de Ocaña de 1828. Allí fracasó el intento de alcanzar un acuerdo sobre la reforma del sistema político de la Gran Colombia.
Después del colapso de la Convención, Bolívar asumió poderes dictatoriales en agosto de ese año.
Ese momento constituye una de las principales sombras de su trayectoria política.
El Libertador podía justificar la medida alegando que intentaba impedir una guerra civil y la desintegración del Estado. Sus adversarios podían señalar, con razón, que la defensa de la república había terminado suspendiendo parte del orden constitucional que debía protegerla.
La contradicción ya no era teórica.
La Conspiración Septembrina y el endurecimiento del poder
El 25 de septiembre de 1828 un grupo de conspiradores intentó asesinar a Bolívar en Bogotá. Manuela Sáenz desempeñó un papel decisivo en su escape.
Las consecuencias políticas fueron profundas.
El gobierno reprimió a distintos integrantes de la oposición y varias personas fueron ejecutadas o enviadas al exilio. Francisco de Paula Santander fue sometido a proceso: no se le responsabilizó de ejecutar directamente el atentado, sino de haber tenido conocimiento de la conspiración sin denunciarla. Fue condenado a muerte, aunque Bolívar finalmente conmutó la sentencia por el destierro.
A partir de entonces, la distancia entre el Libertador de las guerras de independencia y el gobernante de los últimos años de la Gran Colombia se volvió imposible de ignorar.
No porque Bolívar hubiera dejado de creer en la libertad de América, sino porque había comenzado a considerar que preservar el orden constituía una condición previa para hacer posible esa libertad.
Su tragedia política fue que los instrumentos escogidos para defender aquel orden contribuyeron también a profundizar la oposición contra su gobierno.
El fracaso de la unidad
Los acontecimientos posteriores confirmaron que el problema que obsesionaba a Bolívar era real, aunque sus soluciones no consiguieran resolverlo.
Entre 1828 y 1829 la Gran Colombia entró en guerra con el Perú. Al mismo tiempo aumentaban las tensiones regionales dentro de la propia república.
Venezuela avanzó hacia la separación bajo el liderazgo de Páez. Ecuador seguiría su propio camino. La unidad que Bolívar había concebido se desintegraba.
En 1830, gravemente enfermo y políticamente debilitado, Bolívar volvió a Bogotá para la instalación del Congreso Constituyente conocido posteriormente como Congreso Admirable. Presentó su renuncia a la Presidencia. En mayo, el Congreso eligió a Joaquín Mosquera como presidente y a Domingo Caycedo como vicepresidente.
Bolívar abandonó definitivamente el poder.
Durante su viaje hacia la costa recibió además la noticia del asesinato de Antonio José de Sucre, quizá la figura militar y política en la que veía mayores posibilidades de continuar su proyecto.
El Libertador murió el 17 de diciembre de 1830 en la Quinta de San Pedro Alejandrino, cerca de Santa Marta, mientras la Gran Colombia atravesaba su proceso irreversible de desintegración.
Tenía apenas 47 años.
Bolívar después de Bolívar
La influencia de Bolívar no terminó con la desaparición de su proyecto político.
Su enfrentamiento con Santander anticipó algunos de los grandes debates que marcarían la historia posterior de América Latina: centralismo o autonomía regional, autoridad militar o predominio civil, Ejecutivo fuerte o controles constitucionales, estabilidad o alternancia.
Sin embargo, conviene evitar genealogías demasiado sencillas.
Los partidos Liberal y Conservador colombianos, por ejemplo, no fueron fundados directamente por Santander y Bolívar. Se consolidaron formalmente casi dos décadas después de la muerte del Libertador. Es posible rastrear antecedentes santanderistas y bolivarianos en las posteriores divisiones políticas, pero no existe una equivalencia automática entre aquellos grupos y los partidos que se organizaron hacia mediados del siglo XIX.
Lo mismo ocurre cuando se intenta responsabilizar a Bolívar de los autoritarismos contemporáneos de América Latina.
Su figura ha sido apropiada por gobiernos, movimientos políticos e ideologías muy diferentes. El llamado “bolivarianismo” contemporáneo venezolano utiliza su nombre, su simbología y algunos elementos de su pensamiento. Pero una utilización política posterior de Bolívar no convierte al Libertador en causa directa de regímenes construidos casi dos siglos después.
La pregunta histórica más importante es otra.
La paradoja que permanece
Mi valoración de Bolívar continúa siendo profundamente ambivalente.
Resulta difícil no admirar la magnitud de su empresa: combatió durante años por la independencia de buena parte de la América española, atravesó territorios enormes, enfrentó derrotas que hubieran terminado con la carrera de muchos otros dirigentes y volvió repetidamente a organizar ejércitos y proyectos políticos cuando todo parecía perdido.
También sostuvo una visión continental extraordinariamente ambiciosa para su tiempo.
Pero esa grandeza no obliga a ignorar sus errores.
Su creciente centralismo, la Constitución vitalicia que concibió para Bolivia y la dictadura asumida en 1828 muestran a un dirigente que llegó a desconfiar de las instituciones ordinarias cuando estas parecían incapaces de garantizar el orden que consideraba indispensable.
Allí está quizá la mayor lección de sus luces y sus sombras.
Bolívar comprendió con notable lucidez uno de los problemas fundacionales de Hispanoamérica: las repúblicas recién emancipadas necesitaban instituciones capaces de contener la fragmentación, el caudillismo y la violencia.
Lo que no logró resolver fue el dilema que acompañaría desde entonces a buena parte de la historia política latinoamericana: cómo construir una autoridad suficientemente fuerte para sostener el Estado sin permitir que esa misma autoridad termine debilitando las libertades y las instituciones que afirma defender.
Esa tensión sigue siendo contemporánea.
Tal vez por eso Bolívar continúa siendo una figura tan fascinante. No porque ofrezca respuestas simples, sino precisamente porque encarna una contradicción que América Latina todavía reconoce: la búsqueda simultánea de libertad y orden, y el riesgo permanente de sacrificar una en nombre del otro.
- Maximiliano Mauri Vidal es Doctor en Derecho y Ciencias Sociales, Escribano Público, Procurador por la Universidad de la República (Montevideo, Uruguay). Mini MBA en Global Governance por el European Institute of Leadership and Management (Dublin, Irlanda). Global Governance Program Certificate por Internacional Business of Management Institute (Berlín, Alemania). ↩︎
